La noticia el año pasado de la suspensión del Festival del Cine Venezolano, que regresa en noviembre de 2026, dejó conmocionado al sector cultural del país. No solo por tratarse del único espacio que propone una competición de la filmografía venezolana, sino porque ocurrió tras sobrevivir en medio de la censura, la falta de presupuesto y las constantes crisis políticas.
Resultaron aún más surreales los motivos que se conocieron después. Dos, puntualmente.
Primero, antes de la inauguración del festival, el escritorio jurídico Raymond Aguiar, en representación de Christian W. Canache Aguiar, abogado y productor ejecutivo de Hotel Houffer —película que participó en la edición de 2024—, presentó una denuncia contra Karina Gómez Franco, presidenta del certamen, y Fundearc —fundación que organiza el festival— ante la Fiscalía, la Contraloría General de la República, el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía y el Ministerio para la Cultura por presuntas irregularidades administrativas y financieras, fraude, estafa, incitación al odio y por incurrir en “posibles violaciones de leyes nacionales que resguardan el patrimonio cultural y artístico de nuestra nación”.
Luego se añadió la censura directa. Entre las películas a proyectar en el festival se encontraba el documental Una pauta peligrosa: descubriendo la corrupción en la Venezuela de Maduro, de Juan Andrés Ravell, en la que se narra, con el periodista Roberto Deniz como protagonista, cómo el medio de investigación Armando.info destapó las actividades ilícitas del empresario Álex Saab, quien en ese momento era un alto funcionario del régimen y actualmente se encuentra en Estados Unidos enfrentando la justicia tras ser extraditado por orden del gobierno interino de Delcy Rodríguez, sometido a un tutelaje de la administración de Donald Trump desde el 3 de enero, día en que Nicolás Maduro fue detenido junto con su esposa, Cilia Flores, y llevado a una cárcel en Nueva York.
El filme incomodó a figuras del gobierno que presionaron para que se cancelara el festival.

Póster oficial de la edición doble de este año
Pero el tiempo parece haberle dado la razón a Gómez Franco, que, en una entrevista el año pasado justo después de la suspensión, dijo a El Nacional entre lágrimas que el cine venezolano es pujante y auguraba un regreso. Ahora, cuando ya tiene la fecha clara, del 22 al 26 de noviembre, muestra entusiasmada el cronograma que tenía preparado para la competencia de 2025: en una pared, detrás de un cuadro del artista plástico Jorge Pizzani, están todavía pegados con cinta adhesiva y escritos en papel los horarios de las películas que el público venezolano se perdió debido a la cancelación.
Esta promotora cultural, que lleva años dirigiendo no solo este festival sino iniciativas como el Festival Binacional de Cine Colombia-Venezuela, responde nuevamente con franqueza cuando se le pregunta por la demanda: “Nada ha sido probado. Enriquecimiento ilícito no es un factor e incitación al odio tampoco, el festival es lo más amplio posible”.
También resalta que el cine nacional se merece seguir teniendo un festival de este tamaño; de hecho, subraya que Fundearc no va a permitir que el cine nacional se “apague por pequeñas miserias”. “Uno tiene que respirar hondo, contar hasta 10 y seguir adelante. Porque si uno está pendiente de la gente que quiere hacerle daño al cine nacional o al festival, hay un problema grave, porque el cine nacional funciona solo, y para eso tiene a Fundearc, que seguirá haciendo la competencia oficial”, dice.
El festival de este año será singular. Tomando en cuenta la cancelación, la directiva de Fundearc decidió presentar dos ediciones, la de 2025 y 2026, en una sola, por lo que la cantidad de películas que el público podrá disfrutar en Margarita —a la que llega por segunda ocasión— será mucho mayor de lo habitual. De las pendientes del certamen pasado se proyectarán, entre ficción y documental, unas 40, y de las de este año serán aproximadamente 38; para el momento de esta entrevista Gómez Franco estaba aún finiquitando la cifra. También se mostrarán cortometrajes de ficción y documentales y producciones de la categoría Universidad Audiovisual. En esta oportunidad, por el agotamiento del formato, no se realizará Maratón Cine Átomo, una tradición del festival que la directiva puso en revisión.
Entre los aliados con los que cuenta el festival se encuentran Cinex y el centro comercial Parque Costazul, donde se desarrollarán las muestras y las premiaciones, y el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), que no estuvo involucrado en la edición de 2024, un año marcado por la política nacional, tanto por la campaña presidencial como por el fraude electoral del 28 de julio.
Algunos de los filmes de ficción que se presentarán para la edición de 2026 son Aún es de noche en Caracas de Mariana Rondón y Marité Ugás, basado en la exitosa novela La hija de la española de Karina Sainz Borgo y estrenado en el Festival de Cine de Venecia; La muerte no tiene dueño de Jorge Thielen Armand, que tuvo su estreno en la Quincena de Cineastas del Festival de Cannes, y Muñequita linda de Román Chalbaud, la última producción completada por el legendario realizador, fallecido en 2023.
En documental se cuentan 1936: el año en que se perdió el miedo al poder de Carlos Oteyza, OPPE26 de Néstor “Kiki” Villalobos y La memoria de los libros de Malena Ferrer. Entre los miembros del jurado se encuentran Jorge Hernández Aldana, principal ganador de 2024 por La sombra del catire, Anabel Rodríguez y Miguel Labarca. Alexis Montilla, visionario empresario creador de, entre otros, La Venezuela de Antier y Los Aleros, fallecido en abril, será el homenajeado.
En cuanto a 2025, entre los filmes de ficción se encuentran El hombre de la luz de Cristian Márquez, Las dos caras de Jackson Gutiérrez, Los capítulos perdidos de Lorena Alvarado, Los herederos de Pablo de la Barra, Tres días para reconsquitarla de Carlos Malavé o Venecos de Jon Robertson. Mientras que algunos de los documentales son El extraordinario viaje del dragón de Kaori Yonekura, La despedida del lobo de Tuki Jencquel o Páramos de leyenda de Atahualpa Lichy.
Entre los miembros del jurado se cuentan Vicente Peña, Irene Esser, Jorge Thielen Armand, Ronald Rivas, Alexandra Henao o Mikel Garrido. Los homenajes serán para la realizadora Liz Mago y la productora Cinesa.

—¿Cómo va a ser el formato del Festival del Cine Venezolano este año después de la suspensión?
—El Festival del Cine Venezolano del año pasado se suspendió, pero tenemos un 2025 lleno de películas geniales: largos de ficción, largos documentales, cortometrajes y Universidad Audiovisual. Cerrarlo no tiene sentido. Tiene más sentido hacer un festival este año que tenga 2025 y 2026, las ediciones 21 y 22 del Festival del Cine Venezolano. Tiene jurados diferentes. ¿Por qué? Porque queremos que los años se respeten: la película que ganó en 2025 ganó, y la que ganó en 2026 ganó, porque de eso se trata. Es increíble la cantidad de películas que se hacen, y no sabemos cómo. Nadie en el país entiende la razón por la cual tenemos tanto cine, porque no hay un apoyo real, no tenemos Ibermedia, no tenemos una cantidad de cosas, pero el cine se sigue haciendo. Además, todo el mundo que hace cine hoy en día, viva fuera o dentro del país, vuelve a las historias de su casa. ¿Qué lugar más hermoso que el Festival del Cine Venezolano para mostrarle a los venezolanos que tenemos un cine pudiente, que cuenta sus historias, que cuenta su casa, que cuenta su familia? Eso es lo más importante del festival.
—Tomando en cuenta que se presentarán dos ediciones, ¿los cronogramas de películas van a ser más intensos por día en comparación con ediciones anteriores?
—Primero, tenemos más salas. Vamos a hacer más largos los días para poder cubrir a todo el mundo. Van a ser cinco salas DCP y dos salas de videobeam. Además, como tenemos Universidad Audiovisual y cortometrajes venezolanos que han ido a festivales internacionales, los vamos a enmarcar ahí. Evidentemente, siempre arrancamos el domingo con la inauguración y las proyecciones comienzan el lunes. Ahora, desde el domingo a mediodía habrá proyecciones y continuarán hasta el jueves a mediodía antes de la premiación. Habrá muchas más salas para poder programar a todo el mundo.
—¿A qué se debe la ausencia de Maratón Cine Átomo, una tradición del festival?
—Tú lo sabes mejor que nadie: el maratón siempre ha sido el bebé de la casa, pero resulta que hay bebés que dejan de funcionar. Llevamos dos o tres años donde el maratón terminó siendo como un chorizo no entendido. Así como al principio salieron de allí 10 o 15 de los mejores cineastas del país que hoy trabajan afuera e hicieron largometrajes, hoy en día no le vemos mucho sentido porque nadie le pone el alma que se le ponía al comienzo. El año antepasado el jurado iba a declarar desierta la competencia de ficción. Eso quiere decir que el proyecto no está funcionando y uno tiene que volver a pensárselo: hay que buscarle otro formato o hacer otra promoción para que los jóvenes vuelvan a entusiasmarse. Maratón es un formato espectacular donde puedes contar una historia en un minuto muy bien contada, y hemos visto cosas increíbles. Cuando se pierde la pasión, preferimos no realizarlo hasta no tener una campaña nueva que incentive a los muchachos. Para muchos de los que ganaron, ese fue el primer renglón en su currículum para salir al exterior. Vamos a repensárnoslo.
—Muchos cineastas se han dado a conocer allí con sus óperas primas. ¿Tiene una cifra de cuántas óperas primas va a haber? ¿Qué búsquedas estéticas o temáticas está notando?
—Aproximadamente el 40% de los dos años son óperas primas, lo cual es increíble porque se siente que arranca con pie derecho. Son realizadores que llevan cinco o seis años de su vida enfocados en hacer su película. Si están aquí, bien; pero si están afuera, vienen, filman y se van. Incluyendo los cortos; la familia ayuda con el catering, el transporte o un pasaje. Hemos hecho una cinematografía contundente que muestra el amor de todos los venezolanos por su país, por su familia, sus playas, sus montañas, la selva, los llanos. Eso lo notas en cada película: la gente que filma en Guárico o los que van a filmar con comunidades indígenas en el Amazonas hacen un esfuerzo tremendo. Y esto tiene que ver también con las escuelas de cine, que están formando talento: hoy tenemos aproximadamente 35 escuelas, con 23 funcionando regularmente, lo cual es muchísimo si consideramos que cuando arrancamos el festival había apenas cinco escuelas en todo el país, incluyendo la UCV. Hoy en día hay un afán de contar de primera mano el cuento de su casa.
—Una particularidad: tenemos cineastas en la diáspora que hacen películas con financiamiento de afuera y de Venezuela, y cineastas en Venezuela que hacen lo propio. ¿Esa migración y esa separación han generado una creación que se refleja en el festival?
—Somos el reflejo de lo que pasa con el cine de venezolanos en el mundo. Queremos reflejar lo que los venezolanos quieren contar desde cualquier lugar donde estén. Vienen, filman y se van. Hay historias de gente que llevaba tres o cuatro años sin venir, hizo la preproducción, vino a filmar durante tres meses y el día que termina de rodar se va con una nostalgia enorme porque tiene que devolverse a trabajar. La gente en la diáspora trabaja de día en sus empleos formales y de noche hace cine venezolano. Eso demuestra una categoría de amor por el país: somos venezolanos, nos queremos reencontrar y no desistimos.
—Desde el punto de vista logístico, ¿van a seguir trabajando con Cinex? ¿Qué ha significado esta alianza? ¿El sistema de entradas se va a mantener igual?
—Nosotros no lucramos con las entradas al cine, y Cinex tampoco. El festival es prácticamente gratuito: la gente adquiere su carnet, que cuesta 12 dólares el individual y 10 en grupos de 10 para estudiantes. Además, gestionamos descuentos en el ferry para facilitar el viaje a Margarita. Cuando empezamos a pensar en Margarita mucha gente creía que era caro, pero resulta increíblemente más barato que ir a Mérida. Se come muy bien, hay posadas económicas y la dinámica funciona de maravilla.

—¿Qué ha representado para ustedes la alianza con Cinex?
—Es un apoyo evidente. Hacer el festival nunca ha sido fácil; siempre digo «el año entrante será facilísimo», pero eso no es verdad. Sin embargo, el festival se hace porque todo el mundo ayuda: hay entre 40 y 50 productoras venezolanas en distintas partes del mundo que donan 150 o 200 dólares al festival, y con eso mantenemos la oficina funcionando mientras conseguimos patrocinadores grandes. En este momento contamos con el apoyo de la Alcaldía de Maneiro, que ha sido maravillosa. Con Cinex somos aliados infinitos, un matrimonio que se construyó hace dos años y todavía no se ha divorciado.
—En cuanto a la formación, talleres y clases magistrales, ¿qué habrá este año?
—Haremos tres clases magistrales. Como hay tantas películas y ruedas de prensa todas las mañanas, no queremos saturar la agenda. Todo el programa de formación, ruedas de prensa y proyecciones será concentrado en Parque Costazul, lo que facilita el movimiento del público.
—¿Quiénes serán los homenajeados en esta oportunidad?
—Para el 2026, el homenajeado será Alexis Montilla (creador de Los Aleros y La Venezuela de Antier), fallecido recientemente. Él es un referente nacional de la cultura y el cine; de hecho, la primera inauguración del festival en Mérida fue en La Montaña de los Sueños. Para la edición de 2025 se mantienen los homenajes a la realizadora Liz Mago y a la productora Cinesa.
—En cuanto a la curaduría para asegurar la diversidad de cine de autor, documental y ficción, ¿cómo fue el proceso?
—Aceptamos el 100% del cine venezolano; el festival no excluye nada. Tenemos todas las tendencias y visiones. Por ejemplo, en su momento El salto de los ángeles era una película de estado; nos la mostraron, el realizador le hizo toda la posproducción para competir en el festival y mira adónde llegó El salto. Incluimos todas las temáticas: violencia, romance y hasta una película de Navidad este año, porque reflejamos todo lo que se produce en el país.

—Visto en perspectiva, tras un año de la suspensión, ¿qué lección le dejó a Fundearc aquella situación?
—Una carta que deben firmar todos los cineastas donde se establece que el festival no es demandable. El festival es amplio y próvido; los jurados actúan con total libertad e independencia sin interferencia de la dirección.
—Se manejaron dos versiones sobre la suspensión: la denuncia de un bufete jurídico y la incomodidad por un documental sobre el caso Álex Saab. Tras un año, ¿qué fue lo que ocurrió?
—Pasaron las dos cosas. Ninguna tenía bases, pero ocurrieron. A estas alturas no se ha probado nada: ni enriquecimiento ilícito ni incitación al odio. Si a alguien le molestó que el jurado no viera una película completa, el jurado tiene la potestad de hacer literalmente lo que le dé la gana. Hubo movimientos de sectores con poder que pudieron presionar, pero hoy aplicamos «a palabras necias, oídos sordos». El cine venezolano merece un festival de este tamaño y Fundearc no va a permitir que se apague por pequeñas miserias.
—¿Cómo se resolvió la situación para sanar y seguir adelante con el evento este año?
—Sencillamente no hay nada probado. No hay donde puedan hurgar. El cine nacional se merece un festival de este nivel y vamos a continuar.
—Para evitar que eventos externos vuelvan a suspender el festival a futuro, ¿qué se requiere para alcanzar un estatus de inamovilidad y proteger este patrimonio cultural?
—Uno tiene que respirar hondo, contar hasta 10 y seguir adelante. El cine nacional funciona solo y Fundearc seguirá garantizando la competencia oficial. Es un asunto de esfuerzo, coherencia y pertinencia con el país.

—Desde el punto de vista jurídico o legislativo, ¿cree que sea necesaria una reforma legislativa? ¿O una protección del Estado para que este tipo de cosas no pasen?
—A mí me parece que lo evidente no necesita ser legislado. La cultura es para todos. Legislarla genera unas medidas muy raras. En la medida en que tú legislas es porque temes que algo va a pasar. El 100% del cine venezolano no tiene vuelta atrás. Como te dije: se hizo una carta para que los cineastas que estén dentro del festival simplemente firmen porque no pueden demandar al festival. Eso es todo. Es que lo hizo la Fiscalía ahorita: agarraron mis cuentas y las cuentas de Fundearc y ahí no hay nada de qué agarrarse. Espero es que mis empleados ganen mejor. Espero que el festival tenga un fondo que le permita trabajar tranquilo y que alguna vez en 20 años yo me pueda pagar. Pero mientras tanto el cine nacional es lo más importante.
—En la última edición no estuvo presente el apoyo del CNAC, que ahora regresa. ¿Cómo va a ser esa relación? ¿Cree que el apoyo del CNAC va a ser también importante?
—Me parece que todo el mundo tiene derecho a reflexionar y devolverse. El CNAC, que es el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, es al que más le interesa que un festival de este tamaño se dé con el 100% del cine venezolano. ¿Por qué? Porque ellos son los legisladores. Su oficio es producir cine, mi oficio es dar la exhibición. Entonces, bienvenidos siempre. El CNAC además no es el dueño del festival. El CNAC termina siendo un patrocinador como Movistar, como tantas compañías que llegan, como 40 o 50 productoras de todo el país que respaldan el festival. El festival es autónomo, el festival no sigue las reglas de nada. Tiene el 100% de cine venezolano, largo ficción, largo documental de dos años. Y los cortometrajes deben estar inscritos en un festival internacional que sea comprobable y punto.

—Con «el nuevo momento político», ¿se pudiera ampliar la economía del festival?
—Yo soy escéptica de todo lo que ocurre. O sea, la verdad es que yo hago un presupuesto chiquitito para llegar adonde tengo que llegar. Cuando la gente piensa en serio que el festival es millonario es porque lo hacemos con muy buen gusto. Somos amables, tratamos de hacer la mejor producción posible para que todo el mundo esté bien atendido. Eso es lo que nosotros hacemos. Que la gente piense que somos millonarios es totalmente irreal. Que en algún momento voy a poder invitar a todos los directores a que tengan la habitación solos y desayuno, almuerzo y cena… no sé si eso va a pasar, pero por lo pronto nosotros vamos a hacer un festival digno, bien hecho, elegantemente hecho, donde todo el mundo se sienta respaldado. Eso es lo que interesa.
—¿Cree que esa nueva realidad política permitirá que los cineastas, tanto en el país como fuera, pero sobre todo los que están acá, se apunten a hacer más cine crítico?
—El cine crítico nunca se dejó de hacer. Esa es la realidad. Se hizo antes, durante y se va a hacer después. Las nuevas realidades políticas hay que esperar a que lleguen. Fíjate, cuando yo empecé a hacer el Festival del Cine Venezolano en 2005 estaba el presidente Chávez. Y todo el mundo decía: «No, espérese, no lo haga ahorita, porque entonces en un año…». ¿Qué tal si yo hubiese esperado que el presidente Chávez saliera del poder para empezar a hacer un festival? El festival se hizo con o sin el señor. Porque el cine venezolano se sigue haciendo. Tenemos con qué. Quién esté gobernando es otra historia.
—Como esa persona que ha dirigido por más de 20 años este festival: ¿qué mensaje le envía a los cineastas, al público, a los productores para que como un colectivo protejan el patrimonio cultural que significa el Festival del Cine Venezolano?
—Cuando yo llamo a cada uno de los cineastas para decirle «mira, el festival va», su emoción es tan increíble que me hace lagrimear. «No puede ser, Karina, nosotros sabíamos, el festival no se puede acabar». Ese es el nicho del festival: el hecho de que cada cineasta quiere llegar a competir dentro del festival. Porque es importante para el país, porque es importante para los cineastas del mundo. Cuando yo llegué al festival en 2005 había muchas circunstancias raras: en Mérida no se había hecho el festival hace 15 años, el medio cinematográfico estaba totalmente disgregado, se hacían dos o tres largos al año en 2007, además porque el cineasta era triste. ¿Por qué? Porque la gente no iba a las salas de cine, porque trabajaban como unas mulas 10 años para sacar una película que no la veía ni la familia. Nosotros hicimos el festival desde 2005 y la emoción de cada cineasta cuando veía las salas llenas y la gente se paraba y aplaudía hacía que su trabajo valiera la pena. Ahí fue cuando dijimos: «Esto hace falta». ¿Por qué? Porque hay que darle honor a quien honor merece: gente que lleva trabajando 10 años de su vida haciendo una película y no ha recibido aplausos de nadie tiene un lugar en el que la gente se le acerca muriéndose por conocer a su cineasta preferido. Eso hace que el festival suceda y siga sucediendo.
EL NACIONAL