Categoría: Oscar Hernández

  • Dos

    La cantidad de situaciones e imágenes dramáticas que cotidianamente se pasean frente a nuestros ojos nos sitúan ante el deterioro que se vive en Venezuela.

    No es fácil concentrase en un solo tema ante tan cruda y verídica realidad que aturde nuestros sentidos. Venía en camino desde La Guaria a Caracas pensando qué plasmar en el papel para esta nota cuando una imagen distrajo mi atención. Un camión lleno de trabajadores, personas, que corría a una velocidad superior a los vehículos normales, sin control y violando las más elementales normas de seguridad. Convertido en transporte público. Esta es una muestra del retroceso y el subdesarrollo a que han sometido al país. Se han invertido millones en autobuses modernos y, sin embargo, miles de ellos están aparcados en estacionamientos, y ni siquiera han sido convertidos legalmente en chatarra para reciclarlos y así aprovechar parte de su material. Llegando a Caraballeda hay uno de esos lugares expuestos a la luz pública como muestra de la desidia y la falta de gobierno.

    Así como la anterior descripción me golpeó los ojos, la que sigue impactó mi alma. Me refiero al informe del panel de expertos internacionales independientes de la OEA sobre la posible comisión de crímenes de lesa humanidad en Venezuela. A veces, entre tanta confrontación, obviamos en el transcurrir acontecimientos que se solapan uno a otro, la crueldad de la actuación de las fuerzas represivas del Estado en los últimos años.

    No es cualquier recomendación la que hacen los expertos cuando indican que hay méritos suficientes para que se remita ese informe y la evidencia recopilada por la Secretaría General de la OEA a la Oficina de la Fiscalía de la Corte Penal Internacional e invita a los Estados parte del Estatuto de Roma a que lo hagan, y a que pidan a la fiscal la apertura de una investigación sobre los crímenes de lesa humanidad que se recogen en ese informe, de conformidad con lo que establece el artículo 14 del Estatuto de Roma. Que la justicia prevalezca.

     

  • Los náufragos

    La mayoría de los venezolanos estamos como el náufrago que recuerda aquella canción de la banda de rock inglesa The Police que estaba solo en una isla y nadie lo escuchaba, pedía que lo rescataran antes de caer en desesperación. Mandó un mensaje en una botella, pasaron años y nadie lo recibía. Su sorpresa fue despertarse una mañana y encontrar millones de botellas en la orilla de la isla con similares mensajes, SOS, buscando una salvación. Eran ya muchos los desesperados en el planeta.

    No es difícil para los hombres y mujeres de esta nación encontrarse solos y agobiados mientras se contempla la destrucción de un Estado. El 20-M es una fecha crucial para corroborar la trágica situación que se vive en el país. Pareciera que no hay salidas, el guion es implacable, todo es una ficción, aparecieron millones de votantes que nadie vio, los abusos electorales a flor de piel, la verdadera expresión fue la abstención y, sin embargo, en el país donde pasa todo lo que no debería pasar, una minoría con poder e intereses vitales quiere premiar a quienes son los responsables de la vergonzosa situación que vive Venezuela.

    Quién, en su sano juicio, puede no entender que la mayoría del pueblo quiere un cambio. Todos saben que el modelo impuesto fracasó y que una nueva oferta de país es la que tiene que prevalecer como única fórmula para rescatar esta nación. En Venezuela han pasado muchas cosas en estos últimos años. La mayoría muy malas. Muy denigrantes para nuestra supervivencia. Al igual que el náufrago que lanzó su botella al mar, hay mucha desesperación. Es la económica por una parte, pero por la otra es ser testigos de excepción de dos décadas que han sido marcadas por un conflicto permanente, reiterativo y siempre girando sobre lo mismo, la mentira y la agresión. El país se ha ido deteriorando ante nuestros ojos. Son los escasos alimentos, la infraestructura deteriorada, la destrucción del poder adquisitivo, la corrupción, la despedida de los hijos, el abuso de poder y la violación del Estado de Derecho. Son demasiadas cosas malas para no seguir luchando por una salida a tan difícil naufragio.

  • El 20-M

    Un artículo de Gustavo Tarre despeja los escenarios frente al 20 de mayo. Están todas las opciones y para todos los gustos. El autor se concentra en el escenario según el cual gana Maduro y anuncia un gobierno de unidad nacional con Falcón como vicepresidente. Sin duda, la imaginación es libre y especular es legítimo en el análisis político.

    Ahora bien, más allá de los resultados que serán los que serán y no necesariamente los que sean producto de la transparencia electoral, de la voluntad de las mayorías, ni de un proceso del cual nos podamos sentir orgullosos, hay un sentimiento generalizado entre quienes han decidido esta vez no votar, los militantes chavistas y opositores dispuestos a sufragar, y es que la gran mayoría, en sus subconscientes, quiere ver a Maduro derrotado y prefiere que gane Falcón. La razón es simple, el pueblo venezolano está agotado de quien dirige las riendas desde Miraflores, sabe que no hay una salida para la crisis mientras los responsables de tanta tragedia sigan al frente de la conducción del país. Esto se refiere a ese grupito de atorrantes que día tras día se ha convertido en la cara horrible de una Venezuela al garete.

    Hasta la mayoría de los chavistas prefieren a Falcón si es el precio que tienen que pagar para que de alguna manera sobreviva el legado de su líder fallecido. Además, la oferta electoral del candidato de AP es mucho más coherente que lo que posiblemente pueda el otro candidato ofrecer, que después de cinco años de desgobierno promete para después del 20 de mayo lo que nadie le ha impedido que hiciera desde que asumió la presidencia del país, en una aún cuestionada elección contra Capriles.

    Oscurantismo, sospechas, fraude y falta de coherencia son sin duda la cara visible de este evento en su conjunto. En definitiva, votar es un acto voluntario. Se vota o no dependiendo de varios factores tales como: creer en el proceso electoral, tener un candidato por quien votar, confiar en el árbitro y estar convencido de que su voto cuenta. Ya veremos.

  • Diplomáticos de carrera

    Indignación produce el punto de cuenta que ha circulado en las redes en donde el actual canciller reconoce el daño que le propinó a su diplomacia “revolucionaria” haber destruido la carrera diplomática. Fue durante la gestión del señor Araque que, con la misma frialdad que lo hizo en PDVSA, comenzó el desmantelamiento de la diplomacia profesional bajo la premisa de que era mejor contar con los adeptos a la revolución que con personal técnico especializado. Desde allí, y con la posterior impronta del actual inquilino de Miraflores como canciller, no solo le destruyeron la carrera a cientos de diplomáticos, sino que se dieron el lujo de perder personal idóneo, capacitado, formado en las mejores universidades del mundo y en los valores de una diplomacia ética, que supo defender los más altos intereses de la nación y que se adaptó a las exigencias de la diplomacia globalizada.

    Hoy lo reconocen después de haber obligado a jubilarse, retirarse o congelado el desarrollo profesional de funcionarios competentes y honestos que seguramente no estarían dispuestos a acompañar la ineptitud y falta de honestidad de los nuevos jefes de misión que han circulado a granel en estos últimos años. Sobreviven pocos diplomáticos de carrera, solo cuatro embajadores, según el citado memorándum, seguramente se adhirieron a las causas de la revolución por vocación o supervivencia, pero igual nos representan en misiones menores dejados al olvido y rompiendo los récords de permanencia en destinos en donde la práctica diplomática aconseja estadas prudentes.

    En una nota sobre este tema el embajador E. Soto, experimentado funcionario de carrera, señala: “Esta penosa situación, ya de por sí bastante grave, no significa solamente un retroceso institucional, sino presagia que, cuando se pueda escarbar en las comprometidas ruinas de la Casa Amarilla, se encontrarán quién sabe cuántos desaguisados que van a constituir, en el mejor de los casos, un peso muerto en nuestras relaciones internacionales”.

    El documento referido es un mea culpa, pero tarde para recompensar el daño a los intereses de la República y el perjuicio a tantos bien formados servidores públicos.

  • La diáspora y el desarrollo

    Cuando pase la grave crisis que atravesamos en Venezuela, muchos compatriotas de la llamada hoy diáspora venezolana regresarán al país. No la mayoría, pero sí numerosos compatriotas que se convertirán en los emigrantes de retorno. Los que se queden en el exterior formarán parte de esa gran diáspora que se le deberá exclusivamente al socialismo del siglo XXI que, entre otros males, se encargó de expulsar directa o indirectamente a millones de coterráneos. Ahora bien, la diáspora podrá igualmente convertirse en una oportunidad para el futuro desarrollo del país. Muchos venezolanos y sus descendientes podrán ser un factor de apoyo para reconstruir la nación.

    La OIM ha estudiado algunos de los beneficios de las diásporas para favorecer a sus países de origen. Son las remesas las más visibles; por ejemplo, se calculó que solo en 2012 los emigrantes remitieron a sus países de origen 400.000 millones de dólares. Las diásporas pueden contribuir como inversores directos en industrias y desarrollos tecnológicos que estén disponibles cuando se asienten nuevas oportunidades para las inversiones extranjeras directas en Venezuela. Las redes de conocimiento que se podrán interaccionar en el marco de un nuevo modelo de desarrollo serán, sin duda, otra gran opción para los nuevos tiempos.

    Los venezolanos que no regresen tendrán la oportunidad, independientemente del lugar de establecimiento, de dar su cuota de apoyo para afianzar la nueva economía. El financiero y el turismo son sectores que se pueden beneficiar de la diáspora venezolana. No serán pocos los venezolanos que, aunque ausentes, regresen al país a visitarlo o a disfrutar de sus atractivos turísticos.

    Para aprovechar este número de oportunidades, se necesita un gobierno que le dé prioridad a trabajar con su diáspora, desarrollar programas especiales para mantenerles el vínculo con el país, fortalecer las misiones consulares para apoyar a los venezolanos que residen en el exterior y garantizar el cumplimiento de normas legislativas que tengan como objetivo una relación permanente con esa nueva realidad.

  • Loca crisis

    Si para quienes vivimos en este país es difícil concebir cómo hemos llegado a este atolladero, hay que imaginarse la dificultad de la comunidad internacional para entender lo que pasó en Venezuela. Una nación que decidió entrar en una fase de destrucción sin haber pasado por ninguna de las causas objetivas que sitúan a países en situación de colapso. No hemos atravesado una guerra, no hemos tenido una tragedia de la naturaleza, no hay una guerra civil y no estamos sufriendo los efectos del cambio climático, como sí pasa en muchas regiones. Entonces, cómo es que un país rico se permitió el lujo de caer en las garras de la desidia, la ineficiencia, la corrupción y la hiperinflación.

    La explicación no hay que buscarla en el planeta Marte, es tan simple como el agua, y está precisamente en la avenida Urdaneta de Caracas, en Miraflores. Sí, desde allí se implementan las peores políticas y medidas económicas que se puede solo imaginar alguien cuyo único deseo es el de la destrucción.

    Me cuesta creer en las teorías de la conspiración según la cual todo lo malo que pasa en Venezuela es orquestado desde Cuba, con un único propósito de someter a este país, destruirlo para fácilmente controlarlo; prefiero mantenerme en la tesis de la destrucción descontrolada, por una suerte ingeniera variable que va desde la ineptitud de la clase gobernante hasta la avaricia corrupta que permite que nada exista y funcione para solo garantizar la ganancia fácil y segura.

    Por qué hemos perdido tanto dinero en tantos proyectos que no se realizaron o dejaron a medias. Por ineficiencia o porque el guiso llegó antes y no había motivaciones para continuar. Sean cuales sean las sumatorias de variables que podamos encontrar para entender el fenómeno, lo cierto es que esta situación es difícil de concebir y más aún de contar.

    El país se derrumba poco a poco. Los venezolanos se van despavoridos y los que nos quedamos andamos atónitos tratando de encontrar una respuesta para entender por qué en nuestra época nos correspondió tener el peor gobierno de la historia de Venezuela y, peor aún, el más incomprensible de los presidentes. Le cayó del cielo el principal cargo de la nación y ha despilfarrado todo lo bueno que le ha pasado por delante, cuando su única obligación es la de hacer el bien para el país. Difícil de entender.