Durante años, el sector agrícola venezolano ha asumido el costo de mantener anaqueles abastecidos a precios que ahogan los márgenes de ganancia del productor primario. Así lo afirma Celso Fantinel, tesorero de Fedecámaras y expresidente de Fedeagro, quien advierte que sin una rentabilidad real, financiamiento diseñado a la medida del ciclo biológico y seguridad en las regiones, el potencial del campo nacional seguirá limitado frente a la ola de importaciones.
Un margen de ganancia inferior al 10%
Actualmente, el país produce sobre 1.170.000 hectáreas, una cifra lejana a las 2.400.000 hectáreas alcanzadas en 2010, cuando Venezuela rozaba el 78% de soberanía alimentaria. La falta de liquidez y los costos operativos han contraído el espacio sembrado.
«Hoy día ni siquiera tenemos 10% de rentabilidad en cereales u hortalizas. La rentabilidad mínima para una actividad a cielo abierto, expuesta a climas extremos y fertilizantes corrosivos, debería rondar el 50%», subraya Fantinel.
A esto se suma la distorsión en la cadena de comercialización. Mientras el agricultor asume entre el 70% y el 80% del esfuerzo y costo productivo, en el anaquel o en las cadenas de distribución los precios se multiplican hasta por cuatro o cinco veces respecto al precio en puerta de finca.
Producir en Venezuela es 50% más caro
El costo de producción por hectárea es uno de los mayores frenos macroeconómicos para el agricultor. Sembrar una hectárea de maíz en Venezuela ronda los 1.500 dólares, mientras que en países vecinos de la región no alcanza los 1.000 dólares.
Entre los elementos que disparan la estructura de costos destacan:
- Costos en divisas vs. Cobros diferidos: Los insumos, repuestos y maquinaria se cotizan en dólares, pero la cosecha suele liquidarse en bolívares o con desfases en el acceso a divisas bancarias.
- Readecuación de suelos y maquinaria: Las hectáreas paralizadas tras las expropiaciones pasadas requieren entre $300 y $500 adicionales por hectárea solo para deforestación y reacondicionamiento.
- Ausencia de empresas de servicio: A diferencia de las extensas planicies de Brasil o Argentina, en Venezuela predominan unidades de producción medianas y pequeñas (de 20 a 200 hectáreas), lo que imposibilita la contratación de grandes flotas mecanizadas externas y obliga al productor a adquirir y mantener sus propios tractores, sembradoras y cosechadoras.
Fantinel destaca que no se requiere de sumas astronómicas como en el sector petrolero, pero sí de una inyección estimada en 1.500 millones de dólares en créditos a largo plazo (7 a 10 años) para reactivar progresivamente la frontera agrícola.
«Por cada dólar que se gasta en importaciones agrícolas, dejamos de mover la economía local. En Venezuela, un dólar invertido en la siembra de maíz, arroz o caña se multiplica y retorna como $2,50 a la economía regional».
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