Autor: Yisell Méndez Macero
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La confianza es fácil perderla y difícil recuperarla
En un mundo globalizado, en el que los ahorros e inversiones de cartera pueden ir de un país a otro electrónicamente en milisegundos, la confianza es un elemento esencial. Hasta los chinos invierten en letras del tesoro de Estados Unidos, a pesar de su bajo rendimiento. Y lo hacen, porque tienen confianza en que sus ahorros en ese instrumento están protegidos.
La reflexión vine a colación, porque en un excelente artículo publicado en el portal Prodavinci, titulado “10 Reformas de la Política Energética para Rescatar la Industria Petrolera”, André Guevara de La Vega y Carlos Bellorín esbozan unos cambios que nos atrevemos a decir se asemeja a un consenso sobre los pasos a tomar que, probablemente, comparten, inclusive, muchos de los dirigentes y técnicos del Gobierno.
No son cambios drásticos; nada que no hayan hecho nuestros vecinos durante los últimos años, incluido México, donde desde hace 80 años el petróleo estatal tenía más jerarquía de religión que en Venezuela. Es más, en un inicio nada que no se pueda hacer, aun con la Ley de Hidrocarburos que promulgó vía Habilitante el ya difunto Hugo Chávez.
Por demás el planteamiento es oportuno, porque complementa lo que pareciera ser otro consenso. Y se trata de que, sin una recuperación de la industria petrolera en su conjunto, le va a ser muy difícil al país -por no decir imposible- salir del foso en el que han logrado meterlo.
Todo lo que ahí se plantea, requiere que las empresas petroleras que vayan a arriesgar el capital de sus accionistas, los bancos que les vayan a extender líneas de crédito, los acreedores de PDVSA y la Nación -y hasta los propios ahorristas venezolanos- tengan confianza en que en un nuevo marco legal y en un nuevo relacionamiento del Estado, la empresa estatal, los productores privados que vayan a entrar, efectivamente, se va a mantener en el tiempo. Porque, si a ver vamos, Venezuela tiene una gigantesca tarea ante sí para recuperar credibilidad y confianza.
Llegado a este punto, algunos pensarán que el Presidente Nicolás Maduro ha hecho que se pierda confianza en el país. También que eso ha sucedido desde que Hugo Chávez llegó al poder. Pero, lamentablemente, eso no es así. De hecho, ante la pregunta de Zavalita en frente del bar La Catedral en la novela de Mario Vargas Llosa, emergió la misma inquietud, porque, según él, el momento cuando se perdió la confianza, es difícil de precisar.
Quizás fue cuando durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez la Directiva del Banco Central de Venezuela se sembró de ministros, restándole autonomía. 0 tal vez fue en 1983, cuando el Gobierno de Luis Herrera Campíns devaluó decretando un control de cambio, protegiendo a algunos y poniendo el peso del ajuste sobre los hombros de los asalariados y de los ahorristas. Otros pudieran pensar, inclusive, que pudiera haber sido en 1989, cuando durante el segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez no se respetaron los contratos de las cartas de crédito garantizadas por el del Presidente Jaime Lusinchi.
Lo cierto es que hasta pudiera haber quienes digan que fue durante la crisis bancaria del Gobierno presidido por Rafael Caldera, o cuando Hugo Chávez, de un solo plumazo, declaró nulos los contratos de la apertura petrolera. También pudiera decirse que sucedió cuando el presidente Nicolás Maduro entró en default en deudas soberanas contratadas por su antecesor y mentor.
Sin duda alguna, abundan las culpas para repartir. Aunque lo que es innegable, sin duda alguna, es que Venezuela lleva ya décadas destruyendo la confianza de los mercados, y, difícilmente, la recuperará como por arte de magia de la noche a la mañana.
Las políticas que se aprueben, van a requerir un compromiso contundente con la separación de poderes, el respeto a las competencias, la inviolabilidad de los contratos, el cumplimiento de los pactos internacionales de los que Venezuela es miembro. En resumen, requerirá convencer casi al mundo entero de que se respetará el Imperio de la Ley. De lo contrario -y así de sencillo- podemos dar como un hecho que nadie más invertirá un dólar en Venezuela.
Que eso se logre, desde luego, no dependerá del gobierno de turno. Tampoco de los políticos en su conjunto. Dependerá de que los venezolanos le den a ese mismo mundo, una señal inequívoca y permanente de que, en el futuro, no les prestarán la mínima atención a los cantos de sirena de las promesas populistas.
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El orgullo de ser empresario
Más allá del significado y la vigencia que muy acertadamente Fedecámaras sintetiza en su slogan, el orgullo de ser empresario es una expresión genuina, de mucha naturalidad y por supuesto, de completa sinceridad. Y más que una expresión es un sentimiento de verdadera esencia, sin ninguna figuración de aparentar, sencillamente porque en el ámbito empresarial ese orgullo es el resultado de una acción exitosa, es la satisfacción que se origina por el logro o el cumplimiento de un propósito cuando se emprende un proyecto de negocio y se ejecuta exitosamente a base de esfuerzos y coraje; es el sentimiento oculto en la sonrisa y en el rostro carialegre, y es también la gratitud que se expresa discretamente ante el reconocimiento y el elogio oportuno y sincero. Por encima de todo, el orgullo de ser empresario es la satisfacción que siente la persona por ser o haber sido útil a la sociedad en general, satisfacción que casi siempre trasciende a lo personal al proyectarse de manera inexorable en las generaciones sucesoras.
El orgullo empresarial así definido es de aplicación universal en tanto que es válido para la generalidad de las situaciones. En el caso venezolano, el orgullo de ser empresario tiene una connotación especial y puede considerarse con sentido de singularidad, dado que en el desarrollo empresarial en el universo de naciones Venezuela es un caso único, por lo menos en lo que respecta a lo acontecido en los 17 años de este siglo XXI. El trabajo empresarial y el orgullo de los empresarios venezolanos han tenido que superarse en el transcurso de esos años ante la adversidad y la serie de obstáculos que han enfrentado los empresarios en razón de políticas gubernamentales de corte totalitario. La situación ha sido y sigue siendo causa razonada y de mucha potencialidad para desencadenar una estampida de las inversiones del sector privado, tanto nacionales como extranjeras; sin embargo, el empresario en Venezuela ha sabido aguantar lo más posible la situación, enfrentando sin dobleces ni entreguismo la inmensa adversidad de esas políticas, incluyendo el caso de la apreciable cantidad de empresas que a fuerza de imposición han debido bajar la santamaría o que han sido expropiadas o confiscadas por el gobierno.
Esa actitud orgullosa del empresario en Venezuela contrasta con la actuación asumida por inversionistas establecidos en otros países, al optar por la mudanza masiva de sus sedes debido a causas de políticas gubernamentales. Cataluña es el caso más cercano a Venezuela por motivos de tiempo, espacio y afinidad histórica. Según un reporte del Colegio de Registradores Mercantiles, en tan solo 24 días de este octubre (del 2 al 26) un total de 1.681 empresas trasladaron su sede desde Cataluña a otras regiones de España. De lunes a viernes y cada 15 minutos y medio se hizo la mudanza de una empresa y toda esta evasión ocurre a causa del intento de la provincia autónoma de Cataluña para independizarse del Reino de España. La actualidad de este caso permite poner en evidencia la capacidad de aguante del inversionista en Venezuela y por consecuencia su reconocido orgullo.
El orgullo empresarial es un sentimiento arraigado en lo más profundo del ser humano como empresario, que se genera en la tenacidad y la valentía y sobre todo, en la confianza en Venezuela. Es un orgullo que se manifiesta en forma callada y discreta, sin ningún ápice de vanidad, pero con la mayor dignidad posible. El cuadro del empresario en Venezuela lo pinta muy bien el poeta y escritor Benjamín González Buelta, S.J., citado por Luisa Pernalete en su más reciente artículo, cuando afirma: ”hay una especie de desazón colectivo, el horizonte está en medio de la oscuridad, hasta respirar profundo cuesta por lo pesado del ambiente; sin embargo, en medio de la bruma hay luces, hay gente que no se cansa, que se reinventa; hay pistas de semillas que anticipan que luego crecerá el árbol que dará cobijo a las aves del cielo, y tendrá sus frutos”.
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Por un liderazgo más inclusivo rompamos estereotipos de género
Usualmente en mis talleres de liderazgo planteo una dinámica que consiste en invitar a los participantes a pensar en un líder hombre y en una líder mujer. De cualquier ámbito, vivo o muerto, privado o público, de cualquier edad, religión o raza. Acto seguido les pido que enumeren las razones por las cuales esa persona seleccionada es para ellos un líder, sus cualidades y atributos más resaltantes.
No exagero si les cuento que he hecho esta actividad unas 30 veces con distintos grupos, en por lo menos cuatro países en el Caribe. Y siempre se repite el mismo patrón: los rasgos asociados al liderazgo masculino difieren sistemáticamente de los rasgos asociados al liderazgo femenino.
Al hombre se le atribuyen adjetivos tales como: fuerte, autoritario, inteligente, orientado a resultados, competitivo, negociador, dominante, racional, ambicioso. A la mujer se le ve: emocional, apoyadora, esforzada, tenaz, constante, buena escucha, sentimental, afectuosa…
Otros estudios con otras culturas anglosajonas parecen confirmar lo mismo: “women “take care”, while men “take charge”. (Las mujeres cuidan a otros, mientras que los hombres se hacen cargo de la situación).
Estos estereotipos, como toda simplificación perceptual, provienen de patrones culturales y educativos que nos hacen encasillar el rol de hombres y mujeres en conductas esperadas socialmente. Y al mismo tiempo impiden que cruzar la línea ea aprobado o alentado, antes bien, son penalizados. Así, una mujer racional, dura, ambiciosa, puede ser juzgada como masculina y un hombre dedicado a cultivar relaciones con otros con orientación emocional, puede ser percibido como femenino, con el consecuente aislamiento social.
Un dato interesante, es que las mismas mujeres, participantes de estos talleres de empoderamiento femenino, son las que sostienen este modelo mental de ver a los hombres como mucho más inteligentes, capaces y potentes que ellas, que ya están sensibilizadas por el tema. Cuando ven los resultados de la dinámica son las primeras en sorprenderse. Y es que así operan los paradigmas, inconscientemente. El problema es que desde allí actuamos.
Así ha sido por muchos años, pero me atrevo a decir que esto está cambiando. Paulatinamente, pero va cambiando. Gracias al desarrollo de novedosas
tendencias en el abordaje del ser humano como el Coaching o la Psicología Positiva, las nuevas generaciones están aprendiendo a “enjuiciar sus propios
juicios” acerca de las personas, a romper moldes de lo que está bien o no hacer de acuerdo al género, y a ver a nuestros líderes con otros ojos, entendiendo que las conductas involucradas en alcanzar objetivos y ser competitivos pueden lograrse de mejor manera si integramos distintos puntos de vista.
Un hombre puede aprender a desarrollar inteligencia emocional y expresar sus emociones, al mismo tiempo que una mujer puede aprender a manejar cifras y datos duros de los negocios. Un hombre puede dar rienda suelta a su capacidad para proteger y alentar a los miembros de su equipo, y las mujeres a cerrar negocios demostrando firmeza y autoridad. Todo se puede aprender.
Mujeres y Hombres nos necesitamos, cada uno con nuestros estilos de liderazgo particulares, pero integrando ambas visiones, de forma que nos permitan lograr el desarrollo de las organizaciones donde nos desempeñamos.
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Mujeres y liderazgo empresarial
Tuvimos la oportunidad de conversar sobre el rol de la mujer en la economía, con unas 20 mujeres de empresas de Maracaibo, gracias a la apertura de la Cámara de Comercio de Maracaibo, en la persona de quien fuera su presidenta, Amaya Briner.
¿Por qué es importante que cada vez más mujeres se involucren en las posiciones de poder de las empresas? Estas son algunas de las razones que compartimos:
- Compañías con presencia de mujeres en las Juntas obtienen un 36% de ROI, según MSCI World Index (1650 compañías)
- Fuerte Liderazgo femenino trae beneficios monetarios. Por lo menos 3 mujeres en la Junta o una Mujer CEO y otra en la Junta directiva
- Investigaciones de la Psicología Social muestra que equipos con mayor diversidad de género toman mejores decisiones y son más innovadores
- Compañías con más mujeres directoras están menos expuestas a escándalos de corrupción.
- Sólo 2% de las empresas tienen estrategias para capacitar a mujeres y que éstas alcancen puestos de mayor liderazgo
- De entre las mujeres millennials, 30% afirma que nadie se hace responsable de apoyarlas en su trayectoria hacia puestos de mayor autoridad. Los hombres de su generación entrevistados no opinaron al respecto, pero expresaron que esa tarea le toca “a todos”, especialmente a Recursos Humanos.
- Tal visión demuestra una cultura masculina arraigada sin importar la edad; romper con ese sesgo inconsciente y con los estereotipos “no es fácil”, pero ellas necesitan hacerlo sin desertar en el camino.
Ya en consejos otro post dábamos consejos a los empleadores y responsables de los departamentos de RRHH para que aseguraran mayor equidad e igualdad en los espacios de trabajo. Aquí hay algunos adicionales:
- Contrata empleados que valoren a las personas (sin hacer distinción de género).
- Promueve la cultura de cambio e inclusión. Los programas por sí solos no funcionan.
- Directores (as), ¡sean explícitos! Si dicen que sí a más talento femenino digan ¿cuándo y dónde?
- Inclusión responsable: hay que establecer objetivos medibles y alcanzables respecto a atraer y capacitar más mujeres. Donde no hay métrica no se avanza.
Las participantes del taller identificaron, asimismo, los problemas que ellas como mujeres confrontan en sus lugares de trabajo:
- Uso del tiempo: ¡no alcanza!
- Manejo de las emociones: nos critican por ser muy “emocionales”
- Conciliación familia y trabajo
- Sesgos y estereotipos acerca de la superioridad del liderazgo masculino
- Falta de modelos líderes femeninas
- Discriminación para la contratación de mujeres por aplicarles filtros que no le aplican a los hombres
- Hombres que se roban el crédito por tu trabajo
- Cánones de belleza o apariencia que generan presión y estrés.
- Ley Orgánica del Trabajo de Venezuela que no ayuda a seleccionar mujeres por lo extenso de la licencia pre y postnatal
Todos estos obstáculos conforman mecanismos institucionalizados de exclusión, conocidos como el Techo de Cristal, el Suelo Pegajoso, o la Escalera Resbaladiza. Están allí como parte de la cultura que nadie cuestiona y que explica por qué tan pocas mujeres llegan a posiciones de dirección, como se observa en este gráfico de Onu Mujeres:

En Venezuela, los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), señalan una dramática disminución en la cantidad de mujeres trabajadoras que disfrutan de la seguridad social, que desde 1995 perdió 20 puntos de cobertura hasta 2010. Las mediciones sobre la informalidad (Isabel Pereira, CEDICE) revelan la primacía de las mujeres y su incremento en los últimos años. La tasa de desempleo de las mujeres es de un 9,2 %, mayor que la de los hombres. Hay una significativa brecha salarial, que llega a oscilar entre el 14.2 y el cerca de 40%, en diversas actividades y regiones. Más de la mitad de las empresas venezolanas nunca han tenido una mujer en su Directiva. Se registra caída de la tasa de empleo de las mujeres con hijos pequeños a cargo.
Pero este panorama, lejos de desestimularnos, nos lleva a la determinación de Empoderarnos para lograr cambiar las cifras. Empoderamiento que se basa en tres pilares: el trabajo como fuente de aprendizaje, los estudios como base para el conocimiento y el ejercicio del liderazgo en todos los espacios donde podamos participar.
Con estas compañeras marabinas el compromiso es real. Ya comenzamos a quitar vendas, a generar conciencia, a difundir el mensaje feminista que busca igualdad de oportunidades y generación de espacios laborales más equitativos y justos para todos, hombres y mujeres.
¡Gracias chicas maravillosas por su tiempo y determinación empoderadora!
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Un nuevo marco para la seguridad en Venezuela
Sobran las razones para cambiar los modelos de seguridad ciudadana que hoy operan en Venezuela. Ya sea por las deficiencias propias del sistema, la falta de voluntad política o por el avance progresivo de todas las tasas de violencia, lo sustancial radica en que necesitamos con urgencia un nuevo marco para construir un país más seguro.
Es de tal nivel la crisis de la seguridad ciudadana, que una vez cambien los conductores de políticos de la nación, debe actuarse con inmediatez certera, pues de no hacerlo, se corre el gran riesgo de profundizar el caos que ya padecemos.
El objetivo a corto plazo de la nueva seguridad debe ser ganar espacio ciudadano, reduciendo las amenazas para la población en todos los ámbitos de la geografía nacional.
Esto se logra dándole forma a una organización comprometida con el cambio, que no tolere la impunidad, dispuesta a revisarse de la manera más autocrítica y centrada en la meritocracia como eje de su reinstitucionalización. Adicionalmente, tres premisas deben incorporarse al nuevo marco de la seguridad:
- Coordinación al más alto nivel: toda la seguridad ciudadana y el orden público estará bajo la coordinación de un consejo nacional de seguridad formado por la PNB, el CICPC, SEBIN y Protección Civil.
- Especialización por funciones
- Tecnología y datos para impactar indicadores
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Dignidad
“En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad humana, ninguna tiranía puede dominarle.”
Mahatma Gandhi
Se entiende por dignidad la cualidad del individuo que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad, con respeto hacia sí mismo y hacia los demás no dejando que lo humillen ni degraden.
El concepto tiene su origen en la antigua Grecia, a lo largo del tiempo se ha enriquecido en su significado y alcance, pasando de ser un concepto vinculado a la posición social a expresar la autonomía y capacidad moral de las personas, constituyéndose en el fundamento indiscutible de los derechos humanos.
A finales del siglo XX, como realización de las ideas liberales, la democracia se impuso en la teoría y en la práctica como el único régimen posible para las sociedades modernas, en especial a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, muchas de las naciones que no contaban con regímenes democráticos, paulatinamente fueron modificando sus marcos constitucionales y estructuras políticas para instaurar modelos democráticos al menos en apariencia.
En América Latina vivimos en el último cuarto del siglo XX el fin de las dictaduras militares y gobiernos totalitarios populistas, para dar paso a la formación de regímenes democráticos; sin embargo ante la imposibilidad de estos de generar progreso, bienestar y de acortar las brechas sociales se comenzaron a imponer regímenes populistas de izquierda en algunos países utilizando las formalidades de la democracia tomando el poder para permanecer en él, siendo su primera víctima la dignidad del individuo. Afortunadamente ya en el segundo decenio del siglo XXI las cosas han comenzado a cambiar con más o menos aciertos, pero con una firme inspiración demócrata.
Así como se impone la democracia igualmente se imponen los derechos humanos como una condición indispensable para el desarrollo de la democracia y la propia existencia de los Estados.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos menciona que “todas las personas son libres e iguales en derecho; es decir, da reconocimiento a la dignidad humana.” Se refiere a la protección y garantía de que cada ser humano constituye la base del Estado de Derecho, que deriva del respeto hacia uno mismo y hacia los demás.
Cada uno de nosotros tiene el derecho de ser valorado como un sujeto individual y social, en igualdad de condiciones, por el solo hecho de ser persona.
Por el contrario, se oponen a la dignidad humana, los tratos humillantes, discriminatorios y desiguales. Se debe entender a la dignidad de las personas como el derecho de realizar su propio destino sin más restricciones que la moral y la ética imponen.
Sin embargo, dignidad y vulnerabilidad siempre van de la mano. Porque ella depende directamente de nuestra actitud y de la autoestima.
El hecho mismo de que las políticas de Estado en Venezuela nos tengan en la base de la pirámide de Maslow; aquella que habla de la jerarquía de las necesidades humanas, que en su base están las necesidades fisiológicas como respirar, alimentarse entre otras y estemos pendientes solo de sobrevivir, es un mecanismo para socavar la dignidad de la persona para tener el control social que le permitirá mantenerse en el poder.
Debemos entender que merecemos lo mejor, no camiones de estaca para trasladarnos o recibir una bolsa de comida a cambio de lealtades, que debemos ser respetados por lo que somos, tenemos y nos caracteriza, no es orgullo, es dignidad. Así como no se debe interpretar como egoísmo defender nuestra identidad, nuestra libertad y nuestro derecho a tener voz propia, opinión y valores.
Tenemos el deber de no descuidar, olvidar o dejar en manos de otros, la dignidad.
Siempre debemos recordar algo: la esperanza no es lo último que una persona debe perder, en realidad lo que jamás debemos perder es la dignidad personal.
Nuestra dignidad no son unas llaves que ponemos en nuestro bolsillo y que de vez en cuando, la usamos para abrir alguna puerta o dejamos en custodia de otros. La dignidad es el valor intransferible, incondicional, propio y privado de cada uno. No se deja, no se pierde ni se vende.
Las personas perdemos nuestra dignidad cuando nos dejamos humillar y boicotear de forma sistemática por otros o por el poder. Perdemos nuestra dignidad cuando dejamos de respetarnos a nosotros mismo. La dignidad se pierde cuando nos volvemos conformistas y aceptamos mucho menos de lo que merecemos. También perdemos nuestra dignidad cuando exigimos privilegios y vulneramos el sentido del equilibrio y la igualdad respecto a nuestros semejantes.
Tal como dijo Martin Luther King una vez, “no importa cuál sea tu oficio, no importa el color de tu piel ni cuánto dinero tengas en tu cuenta bancaria, todos somos dignos, y todos tenemos la capacidad de construir una sociedad mucho mejor basada en el reconocimiento de uno mismo y en el de los demás.”
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Democracia, libertad económica y gerencia pública: Las grandes tareas pendientes de la sociedad venezolana
Una sociedad, cualquiera que esta sea, requiere algunas condiciones que permitan a sus miembros lograr sus fines últimos, es decir, sobrevivir física, emocional, económica y políticamente. Cuando esto no sucede las posibilidades de sus miembros de lograr el desarrollo disminuyen significativamente.
Todo cuerpo social, sea este la familia, la empresa, un club social o una institución pública, requiere ciertas condiciones que lo sostengan. En el caso de un país, esas condiciones normalmente se dan dentro de un marco amplio de instituciones que alcanzan sus fines individuales y colectivos. Gobierno, leyes, líderes capaces, constituyen un entramado cuya complejidad permite esos deseados bienes para un pueblo.
El caso en Venezuela, en medio de casi 20 años de gobierno socialista, la situación es de caos absoluto. Hiperinflación, emigración, escasez, elecciones ilegales, fallas eléctricas constantes, sequía extensa a lo largo y ancho del país, inseguridad, falta de institucionalidad, desempleo que abarca a cerca del 30% de la población y todo en eso en el marco de aislamiento económico y político internacional. Hay que ver a PDVSA, como si de la guinda de un pastel se tratara, como la muestra de nuestra quiebra total. Esta empresa representó el más profundo anhelo de la sociedad de apropiarse del petróleo para su bienestar. Más de 40 años después, ella es una muestra de la profunda creencia de que la renta era suficiente, la realidad nos pega en la cara sin ningún tipo de misericordia.
Ese marco de conflicto y debilidad en Venezuela se muestra cuando fallan tres grandes instituciones que las sociedades modernas han construido a través del tiempo: La democracia, la libertad económica y la gerencia pública, que son necesidades que estando por encima de los problemas específicos que nos agobian deben ser considerados para la reconstrucción del país.
Esos tres elementos no son meras abstracciones, son la base de cualquier sociedad que pretenda superar los problemas específicos que la vida moderna plantea. La democracia como sistema, imperfecto pero perfectible, debe ser la base de la sociedad. Logramos un experimento de más de 40 años, ciertamente tuvo problemas pero ninguno comparable con los que vivimos en la era que le siguió. ¿Requiere nuestra democracia otra constitución? La respuesta es que solo unos pequeños cambios en la forma de la reelección, sin embargo eso no parece ser el problema de base.
El otro gran aspecto es el de la libertad económica. No existe la posibilidad de experimentar modelos de economía planificada a la usanza de la extinta Unión Soviética. China hoy es la economía más pujante del mundo y no se apalanca en ninguna idea de control económico. Necesitamos una economía diversificada, el petróleo es una bendición mientras no sea la única fuente de ingresos del país. Los trabajos de Haussman e Hidalgo en MIT/Harvard (https://atlas.cid.harvard.edu/rankings/growth-projections/) han demostrado que la diversidad en las capacidades de un país son las claves para proyectar su desarrollo. En nuestro caso no existe tal diversidad por lo que es urgente abrir la actividad económica, respetando el derecho a la propiedad y garantizando el libre tránsito por el territorio del país.
La tercera gran tarea es la de la gerencia pública venezolana. El estado de más de tres millones de empleados públicos es incapaz de proveer servicios mínimos a la sociedad. La salud pública, la educación, la seguridad deben ser los ejes de acción de la gerencia pública de cara al ciudadano. De nada sirve una estructura sin rumbo, ni fines. La justicia es la otra deuda del estado venezolano para con sus ciudadanos.
Por un lado la incapacidad técnica de buena parte de los miembros de la administración pública unida a un tamaño inmanejable de sus estructuras requiere igualmente acciones para reorientar a esos millones de empleados que no cumplen ningún rol específico para brindar bien a la sociedad, llevándolos a empleos productivos.
¿Quiénes deben tomar las riendas?
La sociedad venezolana en el año 58 del siglo pasado alcanzó la libertad política y construyó a través del pacto de punto fijo una amplia base de consensos que permitió evolucionar y ofrecer a la colectividad grandes avances en términos de inclusión social. La educación se masificó y muchos aspectos de la vida en el país mejoraron. Sin embargo, el experimento fracasó, entre otras cosas por el excesivo clientelismo que sirvió de forma de organizar al estado y al país en general.
La dirección del país requiere entonces de amplios consensos y especialmente un cambio en la mentalidad de las élites sociales y económicas del país. No hemos superado la idea del gendarme necesario, tenemos miedo a la democracia real. El desorden de la democracia es necesario frente a la idea del orden castrense y disciplinario. La democracia real nace en el permitir efectivamente que todos, absolutamente todos, tengan acceso al poder. Chávez, Pérez Jiménez y Gómez son ideas del pasado, son anacronismos que no podemos volver a repetir.
Si nuestros dirigentes no asumen el valor de la participación y el orden como dos imágenes contradictorias pero complementarias no podremos salir jamás de donde estamos, a pesar de nuestras grandes bolsas de recursos naturales a disposición.
Hay que exigir y exigirnos libertad económica, democracia y gerencia pública. No debemos seguir insistiendo en la distribución y redistribución de la riqueza, porque el patrimonio de los pueblos no está en el subsuelo, está en la gente, sus conocimientos, capacidades y sus valores. Cuando aprendamos a producir riqueza no requeriremos de un estado paternal.
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El líder y el discurso
El ser humano es gregario por naturaleza. El gregarismo, más que una tendencia para compartir en grupos o asociaciones, es una necesidad inherente al individuo y de esa necesidad deviene otra no menos importante: la interlocución. El liderazgo y el discurso surgen de la interlocución. ¿Qué sería del religioso, el político, el ecologista o el gremialista sin la posesión de un discurso que le sirva de medio para ganar seguidores? El discurso en estos casos no debe entenderse solo como la lectura solemne de un escrito en acto público, no; el discurso es el mensaje transmitido de manera frecuente y variada que se va conformando a través del tiempo en un conjunto de ideas, opiniones, argumentos y anécdotas expresadas en documentos o en reuniones, asambleas, entrevistas para los medios de comunicación y las conversaciones cotidianas.
El liderazgo varía mientras el tiempo transcurre; sube o baja y hasta puede permanecer invariable durante un período determinado. Allí está su relatividad, porque el liderazgo es siempre relativo; nunca es absoluto. La relatividad hace que la consistencia del liderazgo dependa de varios factores, muchos de los cuales devienen del propio desempeño del líder. Uno de los factores que más influyen en la vigencia del liderazgo es precisamente el discurso, el mensaje que el líder transmite con frecuencia hacia su público objetivo. Mientras más renovado y adecuado sea el discurso, mayor será su solidez y proyección, incrementándose así la capacidad del líder para convencer y persuadir a sus seguidores. El discurso puede fortalecer el carisma del líder pero también lo puede empobrecer. Una idea mal concebida, un error conceptual, repetir frases comunes (decir más de lo mismo) y hasta una palabra mal expresada puede causar efectos muy negativos en el público. El discurso es, por consiguiente, el mayor vínculo entre quien actúa como dirigente y quienes creen y confían en su mensaje.
Hay dos formas clásicas para convencer a las personas: la razón y la fuerza, por eso el discurso es razonamiento, es una cadena de argumentos. Además, por vía del razonamiento se puede evaluar la calidad y efectividad del discurso, porque una disertación con escasez de argumentos y abundancia de frases comunes termina siendo parte de un discurso de baja calidad y por consiguiente, de poca efectividad y, en muchos casos ni siquiera llega a la categoría para conformar un discurso.
Casi siempre el discurso del líder tiene su correlación con los saberes, el nivel de conocimiento y la madurez de la organización a la cual representa. La correlación pocas veces es equilibrada; tiene sus desbalances. Cuando el discurso del líder está muy por encima del promedio cognitivo de la organización se estaría en presencia de situaciones con poca frecuencia y ocurre también en sentido contrario. En el primer caso el líder sobresale de manera muy notoria ante el colectivo y en el segundo caso el líder mantiene la supremacía, pero su discurso deja mucho que desear. En las dos últimas décadas del siglo XX y en los años que transcurren del XXI hay ejemplos esclarecedores en ambos sentidos en el escenario político en Venezuela. En organizaciones distintas a las políticas también hay ejemplos.
Ni el liderazgo ni el discurso tienen vigencia de larga duración. En muchos casos son muy efectivos pero son efímeros, debido a la terminación del período previamente establecido para el ejercicio de la dirigencia, dejando así lo que podríamos llamar el “síndrome del discurso” o la nostalgia causada por la pérdida de la tribuna y el alejamiento del público receptor. Es la añoranza de un pasado que difícilmente volverá.