Categoría: Opinión

  • Hay que mirar siempre a la economía para ver qué está pasando con las mujeres

    «Las feministas no le decimos a la gente como tiene que vivir su vida».

    Juliet Mitchell

    Contrario a lo que muchos piensan, no estamos en contra de las amas de casa ni de quienes se dedican a los quehaceres domésticos, pero sí lo estamos en contra de la desigual distribución de esa carga sobre nosotras las mujeres, con la única sustentación de que somos eso, mujeres. Y como que nos toca pues. Es un trabajo ingrato, duro, no reconocido ni remunerado, que nos roba uno de los recursos más importantes de la vida: tiempo.

    Cuando yo no puedo decidir qué hacer con mi tiempo, no tengo control sobre mi vida. Cada minuto que se va en fregar pisos o cambiar pañales o pasear a la abuelita porque no hay más nadie que lo haga, es un minuto de vida que pude haber invertido en cualquier otra cosa que me acercara más a mi meta propia, mi sueño mío o mi ideal de vida para mí, cualquiera que este sea. Si hay una palabra clave en el feminismo esa es Elección. Libertad para elegir.

    Siempre habrá una mujer que diga: “pero es que mi sueño es ese, cuidar de mis hijos y mi marido, yo elegí ese camino y soy feliz”. Para mí esa ilusión de elección es un producto de la crianza de la que somos objeto. El patriarcado, tan poderoso y habilidoso, nos vende de mil maneras la idea de que hay algo místico, romántico y grandioso en eso de dedicarse a la tarea del hogar y los cuidados. Y que pensar en la posibilidad de tener una vida propia es egoísmo. Eso solo lo hacen las malas de las telenovelas que justamente por eso, terminan locas, solas o en la cárcel.

    Cuando escucho a una mujer decir que esta dedicación tiene “otras recompensas”, pienso en lo lejos que estamos de la verdadera igualdad.

    Es una creencia machacada hasta el cansancio por la publicidad, la religión, la educación sexista y un modelo económico patriarcal que distribuye el trabajo a partes desiguales, reservando para ellos los que son bien remunerados, retantes, poderosos. Y para ellas, los peor o simplemente no remunerados, los que involucran cuidar a otros y estar en segundo plano, basados en lo que se supone debe hacer un hombre como sexo fuerte y lo que debe hacer una mujer como sexo débil (sí, aun sale así en el Diccionario de la Real Academia). Pero todo esto disfrazado y vendido bajo el manto sagrado de la “natural” devoción que una mujer/madre “debería” sentir por los otros. La que se rebela contra esto o no siente una epifanía mientras baja fiebres o cocina una sopa es una bicha. La que no se apunta a la lactancia exclusiva o está 24-7 cuidando con devoción a sus hijos es una abandonadora y la persiguen grandes cargos de conciencia. La penalización es doble, tanto si te quedas como si te sales.

    Producto de la culpa que esto genera, las más pudientes contratan los servicios de otras mujeres (mal pagadas, sin seguridad social) para poder mantenerse en la carrera gerencial, surfeando el mar de miradas desaprobatorias de muchos hombres y de otras mujeres cercanas. Pero las que no pueden sostener esta infraestructura de apoyo les toca doble y triple jornada, aunque sus parejas las “ayuden”.

    Todas las encuestas recientes que miden el uso del tiempo, en todos los países, arrojan diferencias significativas de empleo de horas para trabajos domésticos por parte de las mujeres por encima del tiempo que le dedican los hombres. Lo peor es que la realidad aquí revelada no parece ser diferente en las nuevas generaciones. Y además no parece producto de una elección consciente distribuida al azar entre dos porciones idénticas en número de la población; no veo a hombres teniendo que decidir entre ambas opciones: ¿casa o trabajo? Es un cuestionamiento reservado para las mujeres.  Yo pregunto, ¿si es tan maravilloso limpiar y cuidar por qué no se dedican ellos en igual proporción de tiempo que las mujeres? ¿por qué a un hombre no le está permitido ser amo de casa o dedicarse a los “quehaceres” del hogar exclusivamente mientras su pareja trabaja sin ser blanco de críticas?

    Este no es un tema menor. Las economías dependen de los cuidados de niños, ancianos, y trabajadores para que pueda haber productividad, salud y felicidad. Pero ya basta de que esa vital responsabilidad recaiga solo en las mujeres y que además las tareas domésticas no se consideren trabajo, sin que sean recompensadas de ninguna forma. Los Gobiernos tienen que tomar cartas en el asunto creando mecanismos para remunerar estas labores, y nosotros los ciudadanos exigir la creación de guarderías y geriátricos subsidiados por el Estado, pero también la promoción de una curricula escolar no sexista, así como escuelas para padres y madres que enseñen desde la más tierna infancia que la labor doméstica nos toca a todos. Y que cada mujer decida cómo quiere vivir su vida y emplear su tiempo, pero eso sí, conscientes y alertas a las manipulaciones de género.

  • ¿Es sostenible el desarrollo?   

    Desarrollo Sostenible es un concepto de uso muy en boga y cuyo significado aún no está suficientemente asimilado. El uso común asocia al concepto solo con la prevención del medio ambiente; son pocos los que profundizan acerca de la trascendencia y complejidad de su significado y no faltan quienes utilizan el concepto simplemente por su vigencia de modernidad. Por Desarrollo Sostenible puede entenderse que una determinada actividad es capaz de ser mantenida indefinidamente en el tiempo y con un cierto nivel de avance. La definición más aceptada plantea el Desarrollo Sostenible en términos de “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades”

    Como bien puede observarse el concepto es altamente ambicioso y por demás complejo porque se trata nada menos que asegurar el bienestar colectivo del presente y su proyección hacia el futuro, es decir, preservar las condiciones básicas para el buen vivir sin limitaciones en tiempo y espacio de muchas generaciones. Lo ambicioso y complejo toma mayor notoriedad al observar que cualquier desarrollo requiere atención concentrada y persistente en tres áreas complementarias: la económica, la social y la ecológica. En ese orden, algunos expertos sostienen que lo económico tiene más importancia que lo ambiental, mientras que otros creen lo contrario y hay también la tesis extremista que plantea la restricción del crecimiento económico y particularmente la reducción del consumo en procura de equilibrio entre la evolución de la economía y la conservación del ambiente. Además, en cada una de las tres áreas pueden surgir factores vulnerables que generan desequilibrios y afecten negativamente al desarrollo; de modo que la vulnerabilidad es otro factor que atenta contra la sostenibilidad.

    Lo cierto es que el Desarrollo Sostenible implica asumir un compromiso, indistintamente de la concepción que se tenga respecto al mismo; compromiso que se traduce en actitudes individuales y colectivas de tres niveles ascendentes: 1) la actitud que se asume como deseo, 2) la que corresponde a un propósito y 3) la pertinente a una meta por lograr. Adicionalmente debe agregarse que la sostenibilidad del desarrollo es un concepto altamente relativo porque su efectividad depende sine qua non de la interdependencia de las tres áreas antes indicadas. Hay desarrollo cuando se satisfacen suficientemente las necesidades de la población actual, pero no siempre el desarrollo es creciente porque muchas veces el crecimiento es ascendente hasta un determinado nivel y deviene entonces el quiebre o declive, que en algunos casos se convierten en crisis o caos, en cuyas situaciones no puede garantizarse suficientemente la satisfacción de las necesidades actuales y mucho menos las necesidades de las generaciones futuras, por lo que la sostenibilidad queda, en consecuencia, en entredicho.

    Las consideraciones que anteceden corresponden al plano teórico, faltando entonces las evidencias empíricas para darle sentido realista al planteamiento sobre la complejidad, trascendencia, vulnerabilidad y relatividad del concepto de Desarrollo Sostenible, para lo cual nada más conocido y concreto, lamentablemente, que la situación socioeconómica de Venezuela en las tres últimas décadas. La praxis es aún más contundente cuando dos ejemplos específicos ilustran categóricamente la situación: uno es el caso de Puerto Ordaz, cuyo desarrollo fue concebido como ciudad modelo (la segunda en América Latina) y adelantado en sus inicios durante algunos años y que ahora muestra que no se pudo sostener. Un segundo caso, de mayor impacto y de más reciente data, es el relacionado con el Arco Minero del Orinoco, en cuyo desarrollo se evidencia ostensiblemente la deforestación progresiva, la contaminación de las aguas y la degradación de la biodiversidad, sin que haya una normativa definida para la recuperación de los recursos afectados. ¿Están compensados en este caso los daños ecológicos con los beneficios económicos?

    Lo peor es que en Venezuela lo insostenible no es solo el desarrollo; lo peor es que la vida en si es cada vez menos sostenible.

  • La crisis de la gerencia pública venezolana

    Cuando se analizan los distintos índices que conforman el desempeño económico y social del estado venezolano y constatado en la realidad con la desesperada migración, la imparable hiperinflación y una escasez sin precedentes en la historia contemporánea venezolana no queda ninguna otra opción que voltear a ver cuáles son las causas del profundo deterioro que en todos los sectores muestra el país.

    La primera respuesta a este grave drama se puede dar de manera sencilla señalando al gobierno de Venezuela y sus ideales políticos. Es cierto que la excesiva politización de la función pública es responsable en gran medida de lo que pasa en sentido de la fijación de objetivos de tipo político en lugar de las funciones tecno-sociales que le corresponden a cada institución pública y a sus miembros. La burocracia tiene un rol social definido y es cumplir aquello que se define como norma tal y cual se plantea.

    Sin embargo, la administración pública nuestra, en los distintos niveles, y en la casi absoluta mayoría de sus instituciones, se dedica a funciones que no le corresponden según sus mandatos de ley o norma correspondiente. Pongamos por ejemplo slogans que identifican a funciones públicas básicas como el servicio eléctrico y de agua, en los cuales sus fines son revolucionarios, lo cual pone en entredicho la función real que ellas tienen frente a la sociedad. Distribuir agua y electricidad fueron revolucionarios cuando se descubrieron como medio para la vida del hombre en comunidad, hace rato que eso quedó atrás y hoy no son más que servicios básicos que deben atender a los miembros de ésta sin más idea que la optimización de sus procesos y fines primarios.

    El segundo gran drama se corresponde a los niveles de formación técnica de sus miembros. Cuando un funcionario incumple su deber formal para atender las funciones de un partido político está actuando fuera del marco de sus funciones y por lo tanto fuera de los fines sociales para los cuales está en su cargo. No existe en la constitución ni en las leyes obligación alguna de responder a mandatos que no estén claramente ligados al bien público.

    El caso más extremo es PDVSA totalmente ideologizada y reducida a funciones no propias de la actividad petrolera. PDVAL es una clara desviación de los fines técnicos propios que se corresponden a un propósito mayor que es la generación de ingresos para el sostenimiento social del país. Al reservarse el estado la explotación petrolera la obligación de la empresa es producir todo aquello que pueda sin mayores restricciones que las condiciones del mercado petrolero y la sostenibilidad propia del ente como empresa competitiva.

    La lista de funciones públicas que se encuentran politizadas es inmensa. Desde la justicia hasta la distribución de alimentos, pasando por las actividades policiales hasta la protección de las aduanas.

    De cara al futuro el país requiere establecer varias metas claras para que la administración pública no la ahogue e impida su hacer. Entre otros muchos es necesario hacer de la carrera pública una función no política sino técnica, en la medida de lo posible disminuir la discrecionalidad del funcionario. Esa tarea es relativamente sencilla cuando existe la tecnología y más aún con los mecanismos de seguridad como los Blockchain que regulan claramente los límites de riesgo de la información.

    Hacer por supuesto como premisa al Estado Venezolano tan pequeño para que sea posible la vida del ciudadano común que hoy está ahogado en todo tipo de trámites frente a éste. La empresa como fuente de empleo y de movilidad social en Venezuela debe ser puesta como foco principal de las políticas públicas. Para eso se requiere un cambio profundo en las creencias de la sociedad venezolana y solo cuando se haya definido un estado claro en sus alcances y límites podremos construir una mejor sociedad.

    Volver a la senda de la libertad requiere instituciones. Están son fuertes no por su tamaño, como ya se ha demostrado de manera sostenida en nuestro país, sino por su capacidad de dar respuesta a los problemas de la sociedad, a sus necesidades y en mayor grado a sus aspiraciones y anhelos.

    Una gerencia pública capaz es parte de nuestras necesidades hacia el futuro, no fijarnos esa meta será continuar en el caudillismo y el personalismo que tanto daño nos han causado.

  • Ciudadanía y Democracia

    “El mundo no será destruido por aquellos que hacen el mal, sino por aquellos que lo observan y no hacen nada”.

    Albert Einstein

    Ciudadanía y Democracia dos conceptos fundamentales en el pensamiento político moderno estrechamente vinculados. El concepto ciudadanía está fundado en una serie de derechos establecidos, acordados socialmente y modelados legalmente. El conjunto de estos derechos históricamente ha estado sujeto a constante debate y transformación. Sin democracia no puede haber ciudadanía.

    En el contexto actual de nuestra nación, en la que existe una sistemática imposición ideológica que quiere cambiar nuestra cultura político-social, los derechos de los ciudadanos se conceptualizan hacia un replanteamiento de la disposición del individuo a participar más allá del ámbito de una democracia electoral, que pone en el tapete la necesidad de construcción de una sociedad activa, responsable, que conoce sus derechos y los defiende.

    Una ciudadanía activa no espera que el Estado por fin, en algún momento, respete e implemente plenamente los derechos universales del ciudadano, sino que lucha por ellos, se enfrenta políticamente con él, hace valer sus argumentos en el espacio público y busca construir alianzas con la sociedad política en la promoción de un proyecto democrático basado en la justicia.

    El ciudadano activo debe conformar los espacios públicos necesarios para el debate, la reflexión y la propuesta, ayudando así a fortalecer las instituciones que deben dar respuesta a los requerimientos de cada persona de la sociedad; deben ser entusiastas constructores de una nueva democracia, a la que, de forma y vida, no sólo como sujeto de derechos, sino que los ejerza asumiendo sus responsabilidades ante su comunidad.

    Sin la participación activa del individuo, el concepto de ciudadanía pierde su sentido original y permanece sólo como identidad, comunidad o territorio al que pertenece, es pertinente entonces, abordar la relación de la ciudadanía con la concepción, construcción y permanencia de la democracia en democracia.

    Todos y cada uno de nosotros los que vivimos en Venezuela tenemos la responsabilidad ética y moral de construir una sociedad democrática verdadera, en la que todos tengamos acceso a nuestros derechos civiles, políticos y sociales, donde convivan de forma pacífica instituciones públicas, privadas, gremios, movimientos sociales, partidos políticos, grupos sociales o culturales; todos ellos que participen en la cosa pública, sin distinción.

    La desigualdad es el peor tipo de discriminación, genera exclusión y esta, a su vez genera la ruptura entre las personas o grupos discriminados con el resto de la sociedad, lo que impide tejer el entramado social necesario que lleve a ese desarrollo al que aspiramos todos.

    Un ciudadano consciente asume su responsabilidad de participar en los asuntos públicos con su opinión o su actuación, no espera que otro lo haga por él, promueve la paz y el consenso, busca dialogar en vez de imponer.

    Como sociedad, debemos aspirar y trabajar para vivir regidos por los valores de la democracia liberal, con solidaridad y respeto, donde seamos tratados todos de la misma manera sin exclusión y mucho menos amedrentados con las armas del Estado y que ninguno de nosotros permita que esto sea incumplido por quien ose hacerlo.

    Debemos seguir trabajando por cambiar, de una sociedad de desconfianza a una de confianza, pues ella es condición fundamental para que una democracia funcione realmente. Tenemos que enfocarnos en construir los lazos de confianza que como seres humanos necesitamos para un verdadero desarrollo social y económico sostenible. Para eso, debemos oponernos radicalmente a cualquier símbolo de imposición que vaya en contra de la libertad, que incite a la discriminación de clases, haga uso populista de las desigualdades existentes, en vez de erradicarlas de raíz.

    El tiempo de responder al mayor desafío de Venezuela es ahora. Asumamos nuestra responsabilidad ciudadana con coraje y honestidad.

  • El «Petro» o el vuelo del avestruz

    Lamentablemente, el Gobierno nos tiene acostumbrados a iniciativas económicas que se anuncian con bombos y platillos y que posteriormente: fenecen al nacer, como la cría doméstica de conejos. O, en el proceso de implementación, van perdiendo credibilidad por un sin número de razones, hasta quedar en el olvido a la espera de la próxima idea genial que tiende a sufrir igual suerte.

    En esta última categoría, se encuentra el “Petro”. Lo que al principio pareció una audaz idea para dolarizar la economía sin admitirlo, utilizando una tecnología de última generación y aun cuando cuya aceptación generalizada está todavía en veremos, va quedando como otro ensayo fallido más.

    La idea de monetizar reservas petroleras como respaldo de obligaciones del Estado, mientras éstas se encuentran aún en el subsuelo, no era necesariamente descabellada. Pero, de por sí, necesitaba un marco institucional muy fuerte y creíble para los potenciales inversionistas. ¿Cómo se iban a convertir esos 5.000 millones de barriles en un bien fungible? ¿Quién tendría la responsabilidad de extraerlos y de comercializarlos? ¿A qué precio de costo hasta el mercado de consumo, para que el valor restante fuera el respaldo neto por barril extraído? Son algunas de las múltiples preguntas que se oyen por diversas partes, sin que, hasta la fecha, hayan aparecido las correspondientes respuestas.

    A esas complicaciones iniciales, habría que añadirle el desarrollo del ensayo en el mercado incipiente, y, por ende, volátil, de las criptomonedas. La lógica de ese mercado es la de un intercambio entre interesados, al margen del sistema bancario y monetario mundial establecido, permitiendo transacciones entre contrapartes que escapan el escrutinio de entes reguladores y de otros ojos incómodos.

    Ya esta realidad hacía difícil, de por sí, pensar en que un Estado-Gobierno pudiera terciar exitosamente en el cripto-mercado y, en particular, uno que viene de socavar su credibilidad, al mantener en default o cesación de pagos selectivas a su deuda soberana y petrolera.

    Para superar algunos de estos impedimentos, el gobierno venezolano, inicialmente, decidió jugar con base en las cripto-reglas. La primera de ellas es que hay que redactar una estricta hoja de términos o “white paper” en el cripto-léxico. En ella, deben explicitarse todos los pormenores de garantías, forma de intercambiar, plataforma a utilizarse para las transacciones, etc. Lo segundo, a riesgo de decir una perogrullada, es cumplir paso a paso lo que se ha plasmado en el “white paper”. Pero, por lo visto, fue hasta allí que nos llevó el río.

    La plataforma, según el “white paper”, era la Etheron, segunda en prestigio después de Bitcoin. Pero -oh, sorpresa-  al lanzar la oferta había migrado a otra menos confiable, cuyo operador, por demás, negó que ahí se negociaran “Petros”. Para colmo, luego de anunciar que los “Petros” servirían para pagar impuestos, salarios y servicios públicos en Venezuela, resultó que no había cómo comprarlos con bolívares, ya que a alguien se le había olvidado el pequeño detalle de que si no despenalizaban el cambio libre entre particulares, nada de lo que anunciaban en cuanto a pagos locales era factible.

    Los mercados, que no son tontos, de inmediato se dieron cuenta que la hoja de términos no era un instrumento esculpido en piedra, como las Tablas de la Ley. Sino uno que mutaba constantemente, de acuerdo a los caprichos de Miraflores.

    Entonces, no debe sorprender que, a la fecha, no se haya contratado operaciones, ya que las rimbombantes cifras en torno a los $700 millones no son de operaciones, sino tan solo de manifestaciones de interés.

    Como lo hemos expuesto en múltiples ocasiones, todos estos ejercicios de ensayo y error, sin validar lo que se propone con conocedores del tema, no han contribuido en un ápice a combatir la hiperinflación. Con la inmensa mayoría de los economistas de todo el espectro ideológico, desde liberales hasta marxistas, pasando por keynesianos y socialistas casi en consenso, en cuanto a las medidas macro que hay que implementar, no deja de seguir siendo un gran misterio el hecho de que el Ejecutivo insista en su recurrente política de ensayo y error.

     

  • Loca crisis

    Si para quienes vivimos en este país es difícil concebir cómo hemos llegado a este atolladero, hay que imaginarse la dificultad de la comunidad internacional para entender lo que pasó en Venezuela. Una nación que decidió entrar en una fase de destrucción sin haber pasado por ninguna de las causas objetivas que sitúan a países en situación de colapso. No hemos atravesado una guerra, no hemos tenido una tragedia de la naturaleza, no hay una guerra civil y no estamos sufriendo los efectos del cambio climático, como sí pasa en muchas regiones. Entonces, cómo es que un país rico se permitió el lujo de caer en las garras de la desidia, la ineficiencia, la corrupción y la hiperinflación.

    La explicación no hay que buscarla en el planeta Marte, es tan simple como el agua, y está precisamente en la avenida Urdaneta de Caracas, en Miraflores. Sí, desde allí se implementan las peores políticas y medidas económicas que se puede solo imaginar alguien cuyo único deseo es el de la destrucción.

    Me cuesta creer en las teorías de la conspiración según la cual todo lo malo que pasa en Venezuela es orquestado desde Cuba, con un único propósito de someter a este país, destruirlo para fácilmente controlarlo; prefiero mantenerme en la tesis de la destrucción descontrolada, por una suerte ingeniera variable que va desde la ineptitud de la clase gobernante hasta la avaricia corrupta que permite que nada exista y funcione para solo garantizar la ganancia fácil y segura.

    Por qué hemos perdido tanto dinero en tantos proyectos que no se realizaron o dejaron a medias. Por ineficiencia o porque el guiso llegó antes y no había motivaciones para continuar. Sean cuales sean las sumatorias de variables que podamos encontrar para entender el fenómeno, lo cierto es que esta situación es difícil de concebir y más aún de contar.

    El país se derrumba poco a poco. Los venezolanos se van despavoridos y los que nos quedamos andamos atónitos tratando de encontrar una respuesta para entender por qué en nuestra época nos correspondió tener el peor gobierno de la historia de Venezuela y, peor aún, el más incomprensible de los presidentes. Le cayó del cielo el principal cargo de la nación y ha despilfarrado todo lo bueno que le ha pasado por delante, cuando su única obligación es la de hacer el bien para el país. Difícil de entender.

     

  • Despersonalizar la seguridad

    ¿Cómo ven las organizaciones sus propias gerencias de seguridad y qué esperan de ellas?, son preguntas que recurrentemente hago cada vez que me que se me presenta la oportunidad de hablar con líderes de empresas.

    Si bien aún no he convertido mi curiosidad en una investigación formal – aunque estoy trabajando en ello -, he venido acumulando suficiente información como para poder compartir con los lectores algunos hallazgos interesantes, que además pienso les serán útiles a mis colegas en el campo de la seguridad para mejorar sus posiciones y argumentos en sus respectivas organizaciones.

    En primer término, es ineludible destacar que un número importante de empresas sigue viendo a la seguridad como un añadido operativo a la producción. Una especie de parche que se le cose al negocio para contener amenazas y mantener a raya a potenciales enemigos que a distancia codician lo que allí se elabora. La dirección de la organización no tiene en su agenda estratégica a la seguridad, y sólo la considera cuando se presentan incidentes que terminan en pérdidas significativas. En contraparte, las organizaciones que han elevado el nivel de sus departamentos de seguridad a la capa estratégica y de toma de decisiones, se muestran mucho más satisfechas con los resultados de aquellas que siguen con la visión netamente operativa de sus unidades de protección.

    Por otro lado, los directivos asumen que sus departamentos de seguridad son el sitio dónde se hace el “trabajo sucio” de la organización. Reducir la violencia entre los empleados, investigar hurtos internos y detectar filtraciones de información son algunos ejemplos de la cara oscura e ineludible de la seguridad, y no cabe la menor duda que el gerente del área debe abordarlos. Sin embargo, no es lo único ni el último. Seguir creyendo que los departamentos de seguridad son una especie de lavandería de errores y decisiones mal tomadas de la empresa, es relegar una función tan importante a los sótanos de la vigilancia más básica.  Cuando a la organización sólo le queda gerenciar la seguridad desde las crisis, algo no está funcionando bien. La cara más reluciente de la seguridad es la prevención, es precisamente allí dónde buena parte de los riesgos se pueden mitigar, antes de convertirse en pérdidas lamentables.

    En segundo lugar, la organización ve a la seguridad como al policía que debe perseguir y castigar a los que no respetan las normas. Si una empresa necesita que sus empleados deban ser vigilados para que no se salgan del “deber ser”, tenemos un problema. La seguridad se compara en este sentido a la calidad. La gente debe hacerlo bien, aunque no la estén monitoreando. Una cultura de prevención inicia con la generación de confianza y sentido de pertenencia en la organización. La seguridad desde su concepción estratégica debe estar preparada para influir e impactar permanentemente en todos los niveles de la empresa. Su gerente, por tanto, debe poseer inteligencia social para leer más allá de lo obvio y acertar en la construcción de familiaridad y respeto.

    En tercer término, está la necesidad que toda organización tiene de manejar la confidencialidad y la discrecionalidad sobre temas sensibles. Los departamentos de seguridad usualmente son los depositarios de estos procesos y por ello, se cree entonces que el gerente es un guarda secretos que tiene la virtud de manipular maliciosamente a los que tienen algo que esconder. Aunque esta suposición es válida y posible, no está en la línea de transparencia y cumplimento ético a la que está llamada la seguridad.

    Tengo la certeza que la visión de las organizaciones sobre sus departamentos de seguridad está íntimamente relacionada con la personalidad y el carácter de su gerente. Es un reto para el profesional de la protección, despersonalizar su función y afincarse mucho más en procesos de prevención, protección y planificación entramados en el core productivo de la empresa.

  • El precipicio de cristal

    La metáfora, ese recurso lingüístico que consiste en hablar de una cosa y compararla con otra, es útil porque nos ayuda a explicar, entender y hacer evidentes fenómenos sociales complejos, al proporcionarnos una imagen o representación lo bastante gráfica como para tomar acción en torno a ellos.

    En la lucha por la igualdad y la defensa de los derechos de las mujeres se han empleado diversas metáforas para señalar inequidades, muy especialmente en el ámbito laboral: techo o laberinto de cristal, anillo o zapatillas de diamante, fuga de tuberías, suelo pegajoso, ghetto de terciopelo, muro maternal, muro de palabras, y una muy particular, la más engañosa de todas, el precipicio de cristal.

    Esta metáfora se refiere a la preferencia por mujeres para ejercer el liderazgo en situaciones de crisis. Se ha evidenciado en no pocos estudios, que cuando las circunstancias económicas aprietan, las mujeres salen a la calle incrementándose su participación laboral. En cuanto se alcanza crecimiento o estabilidad y se comienzan a vivir circunstancias más holgadas, esta participación disminuye. Lo mostró en un reciente evento la feminista venezolana Esther Pineda a través de un estudio sobre desigualdad tributaria de género, bajo los auspicios de la Fundación Friedrich Ebert, con data del Instituto Nacional de Estadística.

    En un análisis sobre los nombramientos de miembros de los consejos directivos de cien empresas de la Financial Times Stock Exchange (FTSE) se demostró que, en un periodo de recesión económica, las empresas que ascendieron a una mujer para formar parte de su consejo directivo habían experimentado en los meses precedentes al nombramiento un patrón de rendimiento en bolsa considerablemente más pobre que aquellas empresas que habían designado a un hombre. Esto les llevó a acuñar la consigna: “piensa en liderazgo, piensa en masculino; piensa en crisis, piensa en femenino”.

    Bajo el estereotipo sexista de que las mujeres en las organizaciones son proclives a ganarse a la gente, más colaboradoras, organizadas, esforzadas, responsables, comprometidas, empáticas y abnegadas, se piensa que ellas son mejores que los hombres en momentos de extrema urgencia. Una head hunter nos decía que en estos últimos meses estaba recibiendo muchas solicitudes para cargos gerenciales en empresas venezolanas, especificando que fuese una mujer, justamente por esas razones: “ellas son mejores en las crisis”.

    El engaño está en que tal designación u oportunidad para ejercer el poder pareciera ser el reconocimiento genuino a las capacidades de las mujeres para vencer toda suerte de obstáculos, así como la reivindicación de su justo derecho a ser tomadas en cuenta para ejercer posiciones de liderazgo. Pero esto no es más que la perpetuación del esquema del relegamiento de las mujeres a puestos precarios. En este caso es un puesto de liderazgo, sí. Pero un puesto que conlleva un riesgo enorme de fracaso por la emergencia de una crisis sin precedentes. Es casi como que “si ya no hay nada que perder, pongan a una mujer al frente”.

    Un muy probable fracaso corroboraría la convicción de muchos de que las mujeres no están hechas para dirigir. De allí la metáfora “precipicio de cristal”: no se ve el peligro porque ya se ha llegado a la cima.

    Los hombres, más orientados al éxito, educados para triunfar y ser poderosos, se autoexcluyen de posiciones en situaciones como esas.

    Huelen el peligro y dan puerta abierta para que otro, aunque sea una mujer, se encargue. Repentinamente pierden el interés. Se entiende, porque son posiciones donde se puede recibir mucha presión, descalificación y juicios severos por parte de un colectivo ya sensible.

    La solución a esta trampa no es fácil, porque estando nosotras tan ávidas de cualquier espacio para dirigir, aun cuando fuese en las circunstancias más penosas, sería una pena no tomarlo. Si la divina providencia nos pone en ese camino, mi consejo es, vamos por él.

    Inclusive si con esto damos pie para confirmar una visión sexista del liderazgo femenino, y asumiendo el riesgo de que todo salga mal, bien vale la pena aprovechar y copar todos los espacios. Confiemos en nuestras capacidades para salir airosas de la prueba y luchemos también por los puestos que les gustan a ellos, los más prometedores; pero más importante aún, pidamos a nuestros pares masculinos que nos acompañemos juntos en la tarea del liderazgo, tanto en las buenas como en las malas.

  • Los méritos de ser empresario

    Ser empresario es tener la capacidad para detectar las oportunidades de negocio que están en el entorno, crear y desarrollar las iniciativas empresariales, generar empleo y producir bienes y servicios que benefician a la comunidad, creando al mismo tiempo riqueza social. Esa capacidad necesaria traduce con toda claridad que el empresario es también un ser creativo. La creatividad entonces es un rasgo esencial del empresario y es también una limitante, puesto que no toda persona tiene la capacidad creativa para emprender actividades económicas. La creatividad en este caso se apoya más en la intuición personal que en la formación académica de la persona, lo cual queda completamente demostrado al observar la cantidad de empresarios exitosos que tienen apenas unos pocos años de escolaridad. Pero la formación académica si bien no es requisito para ser empresario, es muy necesaria para facilitar aún más el margen de éxito, sobre todo en los tiempos actuales en los cuales imperan la sociedad del conocimiento y la competitividad productiva, convertida esta última en condición indispensable para seguir adelante. En todo caso, la función empresarial es siempre competitiva por propia naturaleza.

    Las posibilidades de crear y desarrollar iniciativas empresariales, por lo general, son   inagotables, puesto que el producto o servicio único no existe. Además, el descubrimiento de una oportunidad de negocio difícilmente es aprovechada en su totalidad por una sola o grupo de personas; ese aprovechamiento es casi siempre parcial, por lo que la parte no aprovechada por los emprendedores iniciales es aprovechada por otros emprendedores, propiciando así la producción y consumo de productos y servicios de mucha variedad y con notables diferencias, aunque muchas de estas diferencias son casi sutiles. En ese contexto, hacerse empresario no es fácil. La Real Academia Española lo dice claramente cuando define el concepto como una “acción ardua y dificultosa que valerosamente se comienza”. Por su parte, Ludwig Von Mises, uno de los economistas mejor reconocido en el mundo, ratifica el concepto cuando dijo: “El hombre se hace empresario sabiendo aprovechar oportunidades y llenando vacíos”. Israel Kirzner, distinguido discípulo de Mises y profesor de la Universidad de Nueva York refuerza el concepto afirmando: “El ejercicio empresarial implica una especial perspicacia, es decir, un continuo estar alerta que hace posible al ser humano descubrir y darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor”.

    Pero la creatividad no lo es todo. En la economía capitalista tiene tanto o más valor satisfacer las necesidades de consumidores y usuarios que la creatividad por sí sola. Lo que el empresario produzca tiene que satisfacer las necesidades de los clientes, porque de lo contrario no tendrá éxito y mucho menos ganancia en el negocio. Después de todo, el empresario no trabaja solo para obtener su propio beneficio; el empresario trabaja para beneficio de mucha gente.

    Ponderar los méritos del empresario para darles un orden jerárquico según su importancia, no es nada fácil; lo indiscutible es que la generación de empleo por parte de los empresarios privados tiene un valor extraordinario como contribución para un mejor bienestar social. Allí radica el mayor reconocimiento, más aún cuando el 70 por ciento del empleo en Venezuela lo genera la empresa privada.

    Además, indicar los méritos del empresario luce siempre como tarea incompleta, aun indicando aquellos méritos que son más comunes dentro de un sector o país en particular. En el caso venezolano, ser empresario tiene connotación especial, porque crear y desarrollar iniciativas empresariales en ambiente de controles gubernamentales excesivos, trabas, descalificaciones, amenazas, persecuciones, prisiones, confiscaciones, expropiaciones e inseguridad jurídica es algo más de lo que es una meritocracia normal.

  • Educar para progresar

    “Nuestro progreso como nación no puede ser más rápido que nuestro progreso en la educación. La mente humana es nuestro recurso fundamental”.

    John F. Kennedy

    La educación es el principal elemento para que haya crecimiento económico y por consecuencia progreso y bienestar en Venezuela, seguir utilizando a la educación como mecanismo de aprendizaje de los “valores de utopías fracasadas” y si los ciudadanos no nos concienticemos en ello, será muy difícil dejar atrás nuestra triste realidad de país tercermundista.

    Una sociedad bien educada es innovadora, creativa, hace que a diario agregue valor a todo lo que emprende, facilitando el crecimiento económico.

    La educación, no solo prepara mejor a las personas para que trabajen con eficiencia, permite a la sociedad ser más responsable de su destino, y no deja que sea adormecida por la ignorancia y la creencia de que será difícil realizar las cosas de una forma diferente a como siempre se ha hecho, haciéndola presa fácil del populismo.

    Una sociedad educada es la base de una democracia y de un sistema político adecuado para generar confianza y crecimiento.

    Cuando el individuo es educado de una forma libre y con calidad, es un ciudadano más autónomo del estado, por cuanto es productivo, crea independencia económica y se defiende por sí solo.

    Por consecuencia la sociedad, no espera vivir del gobierno, sino que cree en sus propias capacidades para progresar, y de hecho lo consigue.

    El problema de una sociedad en la que sus individuos no reciben educación o si la reciben es de mala calidad, es que no identifica las oportunidades de crecimiento, siendo presa fácil del populismo; solo espera recibir del estado las dádivas que este le lanza, por lo que este termina siendo el amo y señor de una sociedad improductiva. No se defiende por sí misma, se limita a esperar a que lo hagan por ella en lugar de tomar la iniciativa y generar valor, producir, innovar.

    El cambio de mentalidad en la gente se comenzará a sentir en la medida en que la educación esté dirigida a crear conciencia progresista, y el país termine generando una masa crítica del bienestar.

    En los países más desarrollados los mejores imparten educación, los mejores formados para ese fin, los mejores pagados y los más respetados por la sociedad.

    Cuando entendamos que un maestro y un profesor son más importantes que un militar o de un alto burócrata de gobierno entonces estaremos en el camino del progreso y del bienestar del país.

    El mundo real es bien diferente al de los sueños utópicos del socialismo. La economía global requiere de profesionales de cualquier nivel, formados para la vida empresarial, conocedores de productividad, tics, logística, comercio internacional, electrónica, procesos industriales, mercadeo, servicios y productos financieros y en otras áreas que les permitan a las empresas avanzar en este mundo globalizado, de alto nivel de competencia basada en tecnología dura y orientación al mercado.

    El periodista y escritor Andrés Oppenheimer en su libro Crecer o Morir en su entrevista a Vivek Wadhwa, vicepresidente de innovación e investigación de la Singularity University y un gurú de la innovación, relata lo siguiente: Cuando le pregunté cuál es el secreto de Silicon Valley, me dio una respuesta de tres palabras que resultó muy diferente a la que me esperaba. “Es la gente” —respondió—. “El secreto de Silicon Valley no tiene nada que ver con el gobierno, ni con los incentivos económicos, ni con los parques tecnológicos, ni con los parques científicos, ni con nada de eso, que es una perdedera de dinero que no sirve para nada. El secreto es el tipo de gente que se concentra aquí.”